La arqueología de Tlatelolco

El tiempo no se detuvo, Tenochtitlan y Tlatelolco quedaron inmersas en la capital de la Nueva España, cuyo desarrollo urbano partió de la antigua traza y aprovechó las enormes plataformas mexicas para cimentar la nueva ciudad, sus calzadas, sus acequias y su gente. En su crecimiento siempre se continuaba borrando todo recuerdo del esplendor perdido; había que quitarles el rostro que Huitzilopochtli le había otorgado a los mexicas.

La historia de los hallazgos arqueológicos en la antigua Ciudad de México-Tlatelolco bien se puede remontar al momento mismo de la destrucción de sus templos y palacios, ya que el conquistador, ávido de riquezas, destruía cualquier estructura que pudiese albergar algún tesoro.

En Tlatelolco el saqueo y la destrucción se iniciaron desde el momento en que cae en manos de los conquistadores, el 13 de agosto de 1521. Del botín, el oro y las joyas preciosas correspondieron a los españoles, y sus aliados indígenas se quedaron con los chalchihuites y las plumas finas. La riqueza depositada por diversas generaciones en las etapas constructivas del recinto ceremonial fue muy grande y financió, incluso, la edificación del nuevo señorío de indígenas, forma en que se organizó Santiago Tlatelolco para los albores de la colonia europea. En cada nueva edificación se buscaban incansablemente en el subsuelo los tesoros antiguos.

Pablo Martínez del Río publicó en 1946 en el número VIII de Tlatelolco a través de los tiempos, una nota en la que describe el deseo de los europeos por tener alguna riqueza del "Nuevo Mundo": La primera época de falsificaciones de antigüedades mexicanas data de finales del siglo XVI, en que los primeros españoles que vinieron a México remitían a España ejemplares de los jarros y figuras de barro usadas por los indianos, pero era tanto el furor en Europa que obligaron a los indios alfareros del barrio de Tlaltelulco a que fabricasen ollas rodeadas de dioses, con su cuello provisto de tantos pitos como notas tiene la escala cromática, jarros, esculturas, culebras enroscadas, flautas ya con la forma de un clarinete europeo, ya con la forma de lagartos y otros monstruos. Esta industria duró en Tlaltelulco hasta el año de 1860 en que comenzó a desaparecer aquella parcialidad india y a transformarse en un barrio de México habitado por mestizos y europeos.(1)

A pesar del interés de algunos hombres invadidos por el espíritu de la ilustración, poco se llegó a conocer de la recuperación del pasado mesoamericano o al menos de piezas antiguas.

En 1790 resurge públicamente el rostro mexica, pues es cuando se encuentran casualmente la Coatlicue que fue enterrada en los patios del antiguo edificio de Santo Domingo y la Piedra del Sol que permaneció en la base del campanario Oeste de la Catedral Metropolitana casualmente estas esculturas.

A continuación México vivió las guerras de Independencia para lograr su liberación del mundo europeo. En 1811 el convento de Santiago Tlatelolco fue utilizado por primera vez como prisión militar.

En La deformación craneana entre los tlatelolcas, trabajo de Eusebio Dávalos Hurtado, publicado por primera vez en la serie de Tlatelolco a través de los tiempos, vol. III y primera tesis profesional de la Escuela Nacional de Antropología, se tienen datos acerca de las excavaciones en Tlatelolco anteriores a 1839, las cuales fueron difundidas por S. Morton en Filadelfia, en un texto de nombre Crania Americana.

En 1861, la iglesia y el convento de Santiago Tlatelolco fueron cerrados al culto(2) al aplicarse las Leyes de Reforma y, un año más tarde se realizó una serie de excavaciones en Tlatelolco, de donde se obtuvo un conjunto de antigüedades que por desgracia no fueron descritas.

Algunas de las tantas exploraciones realizadas en Tlatelolco, se realizaron con la finalidad de enviar a Madrid, España, la muestra del Centenario de la Independencia de México, a instancia de Porfirio Díaz. En 1900 se llevó a cabo una serie de excavaciones para la construcción de un drenaje que corría desde la antigua calle de Santa Anita, dentro de los linderos del barrio de Santiago Tlatelolco, hasta el canal de La Viga. Cruzaba hacia el Sur por las calles de Brasil, doblando hacia el Oriente por la calle de Las Escalerillas, donde Leopoldo Batres y su hijo Salvador trabajaran en busca del Templo Mayor de Tenochtitlan, dejando una memoria escrita de sus trabajos.

En la "Nota Preliminar" al número 1 de Tlatelolco a través de los tiempos de 1944, Pablo Martínez del Río menciona datos de excavaciones realizadas en Tlatelolco, sin que se haya registrado la fecha de las mismas: En los últimos años no parecen haberse hechos más excavaciones que unas horadaciones practicadas, sin duda, en busca de supuestos tesoros escondidos cerca del altar mayor de la iglesia, hoy convertida en bodega y en lamentable estado de abandono. Lo único que se encontró fueron abundantes restos humanos; quizá también se hayan extraído del suelo un fragmento de disco para juego de pelota y un gran vaso ritual de piedra que también se conserva dentro de la misma iglesia y que, a juzgar por el glifo del Tepozteco que ostenta, parece haberse empleado, en opinión del señor Barlow, como receptáculo para pulque.(3)

Toda la información contenida en este apartado está basada en la publicación de Salvador Guilliem Arroyo "Ofrendas a Ehécatl-Quetzalcóatl en México-Tlatelolco" (México, INAH, Colección Científica, Núm. 400, 1999)

1) Leopoldo Batres, Antigüedades mejicanas falsificadas: falsificación y falsificadores, cita tomada de Martínez del Río, en op. cit., vol. VIII, pp.6-7.

2) Martínez el Río, op. cit., vol. VIII, p. 6

3) Martínez el Río, en op. cit., vol. I, pp. 8-9 


Al establecerse el nuevo gobierno posrevolucionario en México, resurge la búsqueda de las raíces de un pasado culto que sustentará la identidad nacional e impulsará la práctica de la arqueología proveedora constante de símbolos. En 1928 se trabajó en casi todo el territorio nacional registrándose mil 200 sitios arqueológicos, tal como lo consigna José Reygadas Vértiz en el primer catálogo de monumentos prehispánicos del país bajo el título Estado actual de los principales edificios arqueológicos de México, trabajo que se presentó como Contribución de México al XXIII Congreso de Americanistas.(4) En 1939 nació el INAH como una respuesta a la necesidad de controlar el patrimonio arqueológico que aumentaba en cada nuevo registro estadístico del territorio nacional.

En 1944 la inquietud sobre Tlatelolco tomó un sentido realmente académico, descartando el descubrimiento fortuito u obligado para llenar exposiciones. El estadounidense Robert H. Barlow propuso un proyecto de investigación interdisciplinario en los terrenos frente al atrio de la iglesia de Santiago, idea que aceptó el entonces director el INAH, Ignacio Marquina y Pablo Martínez del Río. Para ese año no quedaba recuerdo del esplendor prehispánico de Tlatelolco, el antiguo señorío mexica donde se amparó el indígena derrotado por la conquista y donde se escribieran importantísimas obras sobre el mundo prehispánico durante el esplendor del Imperial Colegio de la Santa Cruz, con autores como los frailes Andrés de Olmos, Juan de Torquemada y Juan Badiano. En el barrio de Santiago, en 1544, fray Bernardino de Sahagún terminó su magna obra.

 

Equipo de trabajo en 1944, Antonieta Espejo, Robert H. Barlow y otros.

Martínez del Río comentó cómo se desarrolló el proyecto arqueológico en el espacio comprendido frente a la iglesia de Santiago y al Norte del muro de la cárcel militar: El solar yace entre los patios del cuartel y las vías del ferrocarril. En la parte Occidental del solar, y muy cerca de la iglesia, una marcada elevación del terreno que calificamos inmediatamente de “montículo” y que se nos antojó debía corresponder al famoso templo mayor de Tlatelolco. Las excavaciones comenzaron el 12 de abril [1944] y no tardamos en darnos cuenta de que no andábamos tan descaminados en nuestras conjeturas. El día 12 de mayo nuestra incansable compañera, la señora Espejo había logrado localizar un peldaño de la monumental escalinata del gran edificio pagano.(5)

El trabajo arqueológico se desarrolló con bastantes carencias y dificultades, mismas que la arqueóloga mexicana Antonieta Espejo reportó en su diario de campo, publicado en la serie Tlatelolco a través de los tiempos. La estrategia de los miembros del proyecto fue abrir una serie de pozos de Oriente a Poniente en el solar frente a la iglesia de Santiago, de los que se llevó un rígido control estratigráfico.

Los trabajos de Espejo, Barlow y Martínez del Río desembocaron en el descubrimiento de dos escalinatas, una en la fachada principal de la Etapa II del Templo Mayor de Tlatelolco, y otra inmediatamente sobrepuesta, correspondiente a la tercera etapa del mismo templo, del lado del adoratorio de Huitzilopochtli, a las que denominaron “A” y “B”, respectivamente. La parte correspondiente a toda la franja Sur del Templo Mayor, incluyendo su alfarda y remate superior, quedaban dentro de la prisión, dada la presencia de sus muro Norte al que denominaron “Muro A-B”. Para 1944 los descubrimientos sobresalientes fueron las escalinatas pertenecientes a diferentes sobreposiciones del Templo Mayor y parte de la estructura de “Tlatelolco I”.

Por otro lado, se localizó un cráneo en los escalones de la Etapa II y tres cráneos más en la escalinata “B”, correspondiente a la Etapa III. Para el 23 de mayo de 1944, Barlow encontró en el pozo estratigráfico III, el primer entierro con ofrenda. Además, en el interior del mismo pozo estratigráfico se halló el primer osario en una fosa cavada en tezontle que fue sellada con piedras del mismo tezontle “después de haberse depositado en ella una gran cantidad de huesos. De este osario recuperamos restos humanos que ocuparon 36 bolsas de papel. Es la mayor cantidad de osamentas que hemos descubierto en un solo lugar”.(6)

El 7 de junio de 1944, dentro del mismo pozo III encontraron una olla de barro café de 25cm de alto y 20cm de diámetro, con dos asas cilíndricas y con fondo ligeramente plano.(7) El 15 de junio de ese mismo año, Eduardo Noguera visitó las exploraciones de Tlatelolco y sugirió a los responsables que visitaran la zona arqueológica de Tenayuca y constataran la enorme similitud que guardaban las estructuras del Templo Mayor, correspondientes al segundo momento de edificación. Gracias a esta sugerencia, se pudo explorar hacia el Norte, localizando la alfarda que limita la fachada principal. Al conseguir ingresar a los patios de la prisión se pudo liberar la esquina Suroeste de la misma Etapa 11 del Templo Mayor.

En 1945, Antonieta Espejo mencionó que para limpiar el terreno de exploración tuvieron que remover 300 monolitos de entre dos y cuatro toneladas cada uno. El equipo de trabajo abrió el primer Museo de Sitio con algunas esculturas recuperadas en excavaciones realizadas años atrás, como un fragmento de chac mool y una cabeza de tigre estilizada; también agregaron algunas piezas de cerámica, exponiéndolas al público visitante en una de las bodegas del proyecto.(8)

También en 1945, la iglesia de Santiago se reincorporó al culto católico, y Antonieta Espejo publicó Las ofrendas halladas en Tlatelolco, en donde hace una excelente descripción contextual de cinco ofrendas, las cuales contenían cuchillos, cuentas, objetos de madera y en una se localizó el cráneo de un individuo decapitado.

Además, refiere la presencia de una ofrenda en la escalinata de la Etapa IV, muy similar a las anteriores, con la presencia de un cráneo humano.(9) Ponciano Salazar explica que a finales de 1945 se localizó la esquina Suroeste de la Etapa II del Templo Mayor, en el interior de la prisión militar.(10)

En 1946 se unió al equipo de trabajo James B. Griffin, con quien Antonieta Espejo inició el estudio tipológico del material cerámico. EI 21 de mayo de 1946 localizaron un entierro a 7.50 m de profundidad de la cota "O", apareciendo los huesos calcinados y una urna de barro con decoración "negro y blanco sobre rojo bruñido" (una copa pulquera sumamente estilizada en la que localizaron restos de copal).(11)

Toda la información contenida en este apartado está basada en la publicación de Salvador Guilliem Arroyo "Ofrendas a Ehécatl-Quetzalcóatl en México-Tlatelolco" (México, INAH, Colección Científica, Núm. 400, 1999)

4) José Reygadas Vértiz et al., Estado actual de los principales edificios arqueológicos de México, México, SEP/Dirección de Arqueología, 1928.

5) Pablo Martínez del Río, “Las exploraciones recientes en Santiago Tlatelolco y los orígenes de la ciudad de México” en Revista IFAL, México, 1945, p. 176.

6) Antonieta Espejo, “El plano más antiguo de Tlatelolco”, en Tlatelolco a través de los tiempos..., op. cit., vol. II, p. 11.

7) Ibid., p. 14.

8) Ibid., vol. III, p. 16.

9) Ibid., vol. V, pp. 15.29.

10) Ponciano Salazar, "Exploraciones arqueológicas en Santiago Tlatelolco", en Tlatelolco a través de los tiempos…, op. cit., vol. VI, pp. 7-15

11) Antonieta Espejo, "Exploraciones arqueológicas en Santiago Tlatelolco". en Tlatelolco a través de los tiempos…, op. cit., vol. VII. p. 25 


Durante 1947 la mayoría de los trabajos se dedicaron a la exploración de un pozo estratigráfico que permitiera conocer las dimensiones del Templo Mayor en su segunda etapa, para lo que se eligió la esquina Noreste de la estructura. En este proceso se localizó otra ofrenda que fue depositada en una cista de enormes sillares de cantera rosa, muy similar a las anteriores, pero sin la presencia de un cráneo humano.(12)

En enero de 1948, lentamente se fueron quitando los rellenos de piedra hasta alcanzar el desplante del edificio, constatando que se trataba de una estructura de cuatro cuerpos que desplantan de un zoclo de 50 cm de altura, mismo que descansa sobre un piso totalmente estucado.(13)

 

 

En 1950 se recuperó un lote de figurillas que estaban en poder del señor Ismael Hernández, del taller de cobrería de los Ferrocarriles Nacionales, ubicado en Nonoalco, el cual lo obtuvo durante la excavación de una trinchera que se hizo en aquel lugar con fines de drenaje. Durante ese mismo año el señor Franklin Mash inició el estudio de los petroglifos incorporados a la fachada Este de la Etapa II del Templo Mayor.(14)

La señora Carmen Cook realizó el estudio de las figurillas procedentes de Nonoalco y publicó en este mismo año sus resultados, identificando en ellas representaciones de las diosas Xochiquétzal y Cihuacóatl.(15)

En la serie Tlatelolco a través de los tiempos que consta de 12 volúmenes publicados por la Academia de la Historia, se puede ver que prácticamente el trabajo de exploración arqueológica se llevó a cabo desde el 12 de abril de 1944 hasta 1948, siendo los trabajos posteriores de investigación en fuentes etnohistóricas o de mantenimiento de los monumentos descubiertos. Así, el último volumen de Tlatelolco a través de los tiempos apareció hasta 1956.

A finales de la década de los años 50 del siglo XX, el gobierno de Adolfo López Mateos (1958-1964), decidió realizar una magna unidad habitacional en los terrenos que quedaban al Norte de la ciudad de México, siendo las tierras del antiguo señorío de Tlatelolco. Del Conjunto Urbano "Presidente López Mateos", se menciona que dicha obra se conformó de 102 edificios, con 11 956 departamentos para un total de 69 344 habitantes, mismos que contarían con servicios sociales y deportivos, escuelas desde nivel básico hasta medio superior, hospitales, comercios, centros culturales, estacionamientos y museos. Sin embargo, el crecimiento anárquico de la ciudad y su población rebasó todas las expectativas de sus creadores.

En la última parte de la presentación del conjunto habitacional aparece una sección titulada "Las tres épocas de Nonoalco Tlaltelolco", quizá atribuible a Francisco González Rul, que es precedida por dos ilustraciones del Proyecto de Zona Arqueológica de Tlatelolco, en donde, de acuerdo con los planes de los arquitectos Pani y Robina, se aprecia la intención de rodear la zona arqueológica ya limitada por el equipo de Martínez del Río, por un enorme espejo de agua que armonizara con la torre de la Secretaría de Relaciones Exteriores, obra de Pedro Ramírez Vázquez, sin importar los nuevos descubrimientos arqueológicos.

Por otra parte, el Tecpan de Tlatelolco, que fuera la casa de gobierno del señorío de indígenas, y donde aparentemente gobernó Cuauhtémoc, fue cercenado para dar paso a la prolongación de la avenida Paseo de la Reforma e instalar tres torres departamentales, destruyendo el antiguo edificio, sus habitaciones, sus cuatro patios, y quizá la fuente octagonal referida en el Códice Tlatelolco de 1550.

Los constructores en realidad no contemplaron respetar el Tecpan; su fachada principal que estuviera orientada al Poniente, fue quitada e instalada como fachada posterior del Colegio de la Santa Cruz, convirtiéndose en fachada secundaria. El único testimonio del Tecpan (Palacio) del siglo XVI que sobrevivió a los arquitectos, fue la arcada de siete vanos que actualmente aparece. La demolición de la casa que albergaba el mural de David Alfaro Siqueiros, contribuyó a darle un uso al Techan, ya que fue convertido en el "Recinto de Homenaje a Cuauhtémoc".

Respecto al Colegio de la Santa Cruz, fue cegada su arcada de tres grandes vanos de medio punto de la fachada principal, lo que era su receptoría de peregrinos se cambió por un acceso de estilo siglo XVIII. Su herrería también se desprendió para dar paso a portones de madera no acordes con el edificio. Lo que fuera la fachada porfiriana del siglo XIX de la prisión militar también fue demolida junto con el cuartel militar; así, ante el paso de la "modernidad" se transformó Tlatelolco.

Durante la creación de la unidad habitacional "López Mateos" se comisionó como responsable del salvamento de los restos prehispánicos a Francisco González Rul, que inició sus labores en el mes de marzo de1960, y quien luchó denodadamente en contra de los planes de los arquitectos, quienes realmente no deseaban la liberación de edificios prehispánicos. El andador central actual, al Sur de la estructura del Templo Mayor, se realizó para contener las aguas del espejo que afortunadamente no se concluyó. Así, gran parte del recinto ceremonial de Tlatelolco comenzó a resurgir, la zona limitada por los miembros del proyecto anterior aún mostraba el interior de la Etapa II del Templo Mayor, en que se mostraba la estructura llamada Tlatelolco I. En los primeros años del trabajo de González Rul se desmontó la escalera de la Etapa III del Templo Mayor, a la que Antonieta Espejo llamó "B", con la finalidad de que se apreciara la fachada principal de la Etapa II.

En 1962, Francisco González Rul publicó, junto con Braulio García Mejía, los hallazgos realizados en el área actualmente ocupada por el Eje Central, mencionando varios edificios y una gran cantidad de entierros individuales tanto primarios como incinerados y la presencia de osarios.

En 1963 se publicó el descubrimiento del plato de fondo ondulado llamado "Cuauhxicalli", junto con los datos contextuales.(16) En el mismo año publicó "Un Tzompantli en Tlatelolco", acerca de 170 cráneos evidentemente procedentes de un altar Tzompantli, localizados muy cerca del templo ubicado en la esquina Noreste de la zona arqueológica.(17) En este año se comenzó a trabajar el patio Sur del recinto ceremonial, comenzando por el Templo Calendárico, parte del Palacio y los dos edificios ubicados hacia la esquina Sureste del Templo Mayor.

En un informe enviado por González Rul al entonces Departamento de Monumentos Prehispánicos, se menciona un dato por demás relevante: Pirámide central. Se continúan los trabajos de desescombro en la Fase III y en el interior de la Fase II se continúan los trabajos de rescate de pinturas.(18) La existencia de pintura mural en lo que correspondería a la estructura de Tlatelolco I, abrió la posibilidad de encontrar restos del adoratorio a Tláloc.

En 1964 Francisco González publicó un resumen de los trabajos en donde dice: "...se han explorado y restaurado varios conjuntos arquitectónicos de gran importancia, entre los que destacan una antigua calle prehispánica, una plaza y un templo con elementos calendáricos".(19)

Toda la información contenida en este apartado está basada en la publicación de Salvador Guilliem Arroyo "Ofrendas a Ehécatl-Quetzalcóatl en México-Tlatelolco" (México, INAH, Colección Científica, Núm. 400, 1999)

 12) Ibid., vol. IX. p. 8.

13) Ibid., vol. X. pp. 8-13

14) Ibid., vol. XI, p. 12.

15) Carmen Cook. "Figurillas de barro de Santiago Tlatelolco". en Tlatelolco a través de los tiempos…, op. cit., vol. XI. pp. 93-100.

16) Francisco González Rul, “Un ‘Cuauhxicalli' de Tlatelolco', en Anales del INAH, t. XV, México, 1962; Boletín del INAH, núm. 13, México, 1963, pp. 119-126.

17) Francisco González Rul, 'Un tzompantli en Tlatelolco", en Boletín del INAH, núm. 13, México, INAH, 1963, pp. 3-5.

18) Francisco González Rul, Informe de trabajo, México, INAH, Archivo de la Dirección de Estudios Académicos, 1962.

19) Francisco González Rul, Informe técnico a Banobras, oficio del 31 de agosto de 1963, México, INAH, Archivo de la Dirección de Estudios Académicos, 1963, pp. 7-19. 


La calle prehispánica mencionada corresponde al segmento Poniente del patio Norte del recinto, donde actualmente se ubica un templo redondo y un altar miniatura, quedando al Norte las estructuras de escalinatas, alfardas y dados que conforman el límite del recinto ceremonial, en tanto que para el Sur aparece un muro que desplanta de una sobreposición de piso y quizá corresponde al último momento del Gran Basamento. La plaza referida es parte del mismo patio Norte en su mitad Oriente. En los nichos que presentan los remates de las alfardas del Templo Calendárico, González Rul localizó una de las "placas de barro cocido con decoración policroma", que las decoraban.

 

Tras la destitución de Francisco González Rul se presentó como responsable del proyecto a Alberto Ruz Lhuillier, quien no ahondó en las exploraciones, sino que se dedicó a delimitar la zona arqueológica y a consolidar los edificios que hasta el momento se habían localizado. Ruz realizó muy poca reconstrucción de los monumentos y, en los casos que así lo requerían para una mejor armonía visual, utilizó testigos sutilmente diferenciables, independientemente del rejoneado necesario. También se presentaron a colaborar en la obra los arqueólogos Jorge Angulo y Víctor Segovia, correspondiendo al primero el estudio de los restos óseos de un caballo, localizados sobre un templo redondo.(20)

Al inicio de 1965 se nombró jefe de los trabajos de rescate arqueológico a Eduardo Contreras Sánchez, quien fue asistido directamente por su hijo Eduardo Contreras González, responsable de la fotografía de los descubrimientos arqueológicos, además de contar en un principio con la invaluable ayuda de Jorge Angulo, Víctor Segovia y Otto Shondube.

Después se contó con la presencia de un equipo de estudiantes de la carrera de arqueología, como Alberto González Pinto, Arturo N., Rafael Abascal, Roberto Zárate y Jesús Mora, entre otros. Este grupo exploró la mayor parte del patio Sur con excepción del Templo Calendárico, el Palacio, el altar “V" y los tres pequeños altares al norte del Templo de Ehécatl; en esta zona la concentración de entierros fue tal que no les permitió realizar su labor prontamente, como lo deseaban los arquitectos responsables de la obra.

Los miembros de este proyecto trabajaron –a decir de Eduardo Contreras González(21) más de mil 50 entierros en toda esa franja, delimitando sus relaciones contextuales para individualizar cada entierro u ofrenda. Antes de realizar el levantamiento físico hacían el registro tridimensional en fichas especializadas, con tomas fotográficas y partiendo de una cota "O".

Al inicio de sus trabajos, Eduardo Contreras Sánchez reportó al entonces subjefe de Monumentos Prehispánicos, Ponciano Salazar, la existencia de más de dos toneladas de materiales arqueológicos en las instalaciones del exconvento,(22) procedentes de las exploraciones anteriores.

Eduardo Contreras dividió el patio sur en dos grandes sectores, a los que llamó "Zona de ofrendas A” y "Zona de ofrendas B”, quedando la primera en la mitad Oriente del patio, y la segunda ocupó la mitad Poniente hasta llegar al Templo de Ehécatl-Quetzalcóatl. La enorme acumulación de entierros y ofrendas obligó a los arqueólogos a trabajar lentamente.

 

En el mes de abril de 1966, desde la zona arqueológica de Tlatelolco se envía una gran cantidad de materiales arqueológicos procedentes de las exploraciones en proceso, al Museo Nacional de Antropología, para ser presentados en una exposición,(23) en la que sobresalen piezas muy significativas como tres figurillas de Xipe Tótec, figurillas femeninas policromas, copas pulqueras, cajetes, ollas, vasijas, flautas, un ehecacózcatl, figuras de obsidiana, huesos humanos esgrafiados, un cráneo de tzompantli realizado en obsidiana, llegando a un total de 54 objetos.

En el mes de octubre de 1966, Eduardo Contreras envió un informe a Eusebio Dávalos, en donde expone que exploró y restauró gran parte de las estructuras y que sólo faltaba trabajar el edificio circular ubicado en la esquina Suroeste. Tlatelolco fue generoso en ofrendas y entierros perfectamente registrados en su contexto. La matriz de enterramiento permitió la conservación de materiales perecederos que sin duda pudieron aportar una gran cantidad de información; sin embargo, esta etapa de trabajos fue muy pobre en publicaciones.

En 1993, Jorge Angulo publicó un artículo donde detalló los pormenores de sus trabajos en 1966, y donde describió el panorama general del contexto en exploración, que era el patio Sur del Recinto Sagrado de Tlatelolco. El hacinamiento de entierros y ofrendas fue de una gran magnitud entre los 2 y 2.50 m de profundidad, considerando que su orden de depósito quizá se llevó a cabo contemporáneamente. Además, menciona cómo algunos montículos permanecían semicubiertos por tierra de "uno de los pisos más bajos", que debía ser removida para que sobresalieran las estructuras arquitectónicas de la etapa anterior.

Las ofrendas y entierros fueron explorados frente al templo circular de la esquina Suroeste. Angulo destaca que se encontraban al nivel del piso de las estructuras "semienterradas", así como la manera en que taparon las ofrendas y los entierros aun cuando no explica las causas de tan drástica decisión.

En 1987, al inicio de los trabajos de exploración del arqueólogo Salvador Guilliem Arroyo, se localizaron los restos no sólo de papel estaño, sino también restos de óxido de láminas que fueron utilizadas para cubrir los conjuntos, al igual que restos de láminas de cartón y otros materiales. Destaca la cantidad y calidad de los objetos arqueológicos reportados por Jorge Angulo y el énfasis que hace en aquellos de carácter perecedero.

Las relaciones contextuales de los entierros con ofrenda o sin ella son de suma importancia para la cronología de la ciudad prehispánica de Tlatelolco. Ubicarlos estratigráficamente en clara correspondencia con las etapas sobrepuestas del Templo Mayor, puede ayudar a esclarecer la secuencia temporal de su Recinto Ceremonial.

Volviendo a 1966, Jorge Angulo publicó un trabajo titulado Un Tlamanalli encontrado en Tlatelolco, en donde hace un depurado análisis del contenido de una ofrenda, que había sido localizada tiempo atrás por Víctor Segovia en el patio Sur y que habían levantado en un solo bloque, dada la premura de obras de drenaje en la zona. Angulo estudió cada parte de la ofrenda llegando a una conclusión muy acertada; desgraciadamente no hace referencia de su ubicación exacta dentro del recinto.(24)

También en 1966, Eduardo Noguera publicó La historia de las exploraciones en Tlatelolco, en donde describe los trabajos del ingeniero Roberto J. Weitlaner en Tlatelolco y su enorme colección arqueológica. En este trabajo Noguera asevera que los trabajos de Weitlaner son la primera exploración arqueológica hecha en Tlatelolco.

Toda la información contenida en este apartado está basada en la publicación de Salvador Guilliem Arroyo "Ofrendas a Ehécatl-Quetzalcóatl en México-Tlatelolco" (México, INAH, Colección Científica, Núm. 400, 1999)

20) Quizá sea el altar circular localizado al oriente de la zona arqueológica, sitio llamado "Zona Chica", mismo que se comenzó a liberar a mediados de 1964.

21) Eduardo Contreras Jr., comunicación personal, 1991.

22) Eduardo Contreras, oficio del 20 de enero de 1965, México, INAH, Archivo de la Dirección de Estudios Académicos.

23) Eduardo Contreras, Lista del material arqueológico procedente de Tlatelolco, que será facilitado al Museo Nacional de Antropología en calidad de préstamo, para su exhibición en la sala de exposiciones temporales, oficio del INAH del 28 de abril de 1966, en que se anexa la relación de las piezas enviadas al Museo Nacional de Antropología y que fueran recibidas por el arqueólogo Manuel Oropeza, México, INAH, Archivo de la Dirección de Estudios Académicos. 

24) Jorge Angulo Villaseñor, Un Tlamanalli encontrado en Tlatelolco, publicación núm. 18, México, INAH, Departamento de Prehistoria, 1966. 


No todo fue tranquilidad durante este proyecto, ya que el 21 de noviembre de 1966 se reportó el saqueo de vasijas de algunas ofrendas de la sección Oriente del patio Sur, así como el robo de un cráneo que provenía del tzompantli ubicado en el interior del exconvento.(25) Los dos años siguientes se continuó trabajando, pero por desgracia no se tienen los reportes respectivos, salvo un oficio de 1967 en que el convento es adscrito al INAH para su custodia. En marzo de 1968, en un oficio, Lorenzo Coronado hizo saber al entonces subdirector de Monumentos Prehispánicos, Eduardo Matos, de las exploraciones realizadas del 18 al 23 de ese mes, por Eduardo Contreras G. y Arturo Romano en el lado Sur de la zona.

El día 20 de septiembre de 1968, Lorenzo Coronado escribió en la carpeta de control de visitantes que "fue movido el entierro que se localiza frente a la Secretaría de Relaciones Exteriores, ya que ese mismo día fueron rotos los cristales de ese edificio por los estudiantes, reporte de los veladores".

El movimiento estudiantil de 1968 marcó el final de la época de trabajos arqueológicos más grande que se haya llevado a cabo en el Distrito Federal. Aún se desconocen las causas de la pérdida de la información del registro contextual. Se trabajó de marzo de 1960 a septiembre de 1968 ininterrumpidamente; el acervo obtenido fue enorme y tristemente no corresponde a lo publicado por los actores. Etapa que se cierra con un oficio de Lorenzo Coronado en donde reportó que desde el 2 de octubre a las 18:15 hrs. hasta las 3 de la madrugada del 8 de octubre, quedaron la zona y el Colegio de la Santa Cruz ocupados por el Ejército.(26) Así, hubo que volver a tapar aquellas ofrendas y entierros que no se habían terminado de explorar ni registrar sin importar que sus esfuerzos quedaran truncos.

Es hasta 1972 cuando se pretende continuar con los trabajos en Tlatelolco. Entonces llegan al convento Florencia Müller, Miguel Manzanilla y dos ayudantes para trabajar los materiales ahí concentrados en cajas, bultos y bolsas de manta, de los cuales sólo se apreciaban 11 metates, 5 ollas tipo corriente, una figurilla, un silbato chiquito y una vasija tipo plato de piedra blanco grabado en el fondo.(27)

 

Después de 1968, los trabajos arqueológicos reportados en el área de Tlatelolco corresponden a salvamentos efectuados durante las obras de mantenimiento o de infraestructura. Así, tenemos la información proporcionada por la arqueóloga Eneida Baños(28) de la Subdirección de Salvamento Arqueológico, en donde hace referencia a diez entierros asociados a diferentes materiales trabajados de octubre de 1984 a septiembre de 1985 cuando las labores fueron interrumpidas por el sismo del 19 de septiembre. Posteriormente, para el mes de septiembre de 1987 reporta la exploración de un entierro más al Noreste de la actual zona arqueológica. Su estudio afortunadamente presenta su ubicación contextual general y particular, así como la descripción e identificación de los materiales asociados a los entierros.

En octubre de 1987, el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma propuso un nuevo proyecto interdisciplinario de investigación, cuyo eje primordial era el cotejo del acervo arqueológico recuperado durante el Proyecto Templo Mayor de 1978 a 1982, con otro que fuera análogo en tiempo y espacio y recuperado en contextos primarios, por lo que se eligió el Recinto Sagrado de México-Tlatelolco, la ciudad gemela de Tenochtitlan.(29)

En 1989 se publicó una interesante reseña histórica sobre Tlatelolco por parte de Roberto García Moll, Patricia Ochoa y Marcela Salas.(30) Al mismo tiempo las arqueólogas Margarita Carballal, María Flores y Carmen Lechuga iniciaban una serie de trabajos de exploración en el perímetro de la Torre de la Secretaría de Relaciones Exteriores, con la finalidad de determinar los lugares donde el terreno fuese estéril en cuanto a la presencia de elementos arqueológicos, y dar paso a una serie de pozos con 13 m de profundidad e instalar un sistema de extracción-filtración de aguas del manto freático con la intención de lograr la renivelación de la citada torre, ya que de origen se inclinó hacia el suroeste y, a consecuencia del terremoto de 1985, esta inclinación se incrementó a más de un metro.

Las excavaciones dirigidas por las arqueólogas de la Subdirección de Salvamento Arqueológico del INAH, se llevaron a cabo a partir de 1989 y concluyeron en 1993, en los 12 883 m2 fronteros al Sur del edificio de la Secretaría: donde se efectuaron más de 50 unidades de excavaciones arqueológicas y en los que 13 trabajadores especializados de la Subdirección del Instituto de Arqueología [sic] del Instituto Nacional e Antropología e Historia laboraron ininterrumpidamente, numerosa fue la información que se pudo obtener.

En total -coinciden en señalar los participantes en el proyecto de investigación- sumaron 15 las estructuras (14 prehispánicas y una colonial) que se localizaron, la mayoría de ellas, plataformas de cuerpos piramidales, una de ellas con más de 40 metros de largo; un coatepantli -muro en forma de serpiente que rodeaba la ciudad-; el embarcadero; unas escalinatas que daban entrada a Tlatelolco; un templo dedicado a Ehécatl (Dios del Viento); un depósito de agua; una red de canales de agua; varios basureros ceremoniales y tres dinteles de madera de pino, tallada en bajo relieve.

Lo anterior, sin tomar en cuenta los más de 90 entierros localizados en diferentes zonas del predio y que, en muchos casos, se encontraban acompañados con objetos como ofrendas, piezas de madera, máscaras, bastón de mando, una canoa miniatura, representaciones de rayo y diversos objetos de material orgánico constituyeron algunas de las piezas más sobresalientes.

La información proporcionada para un mejor conocimiento de la cultura tlatelolca es invaluable. Difícilmente la arqueología mexicana había tenido acceso a este tipo de hallazgos. Sin embargo, ningún argumento fue válido para que las autoridades de la Secretaría de Relaciones Exteriores desistieran de construir el edificio anexo a la dependencia.

Con ello, 13 de las 15 estructuras comenzaron a ser destruidas por máquinas y trascabos que en aras de una modernidad mal entendida, prefirieron edificar la nueva sede en lugar de conservar el terreno con todo y las construcciones originales. ¿Qué acaso –preguntan los investigadores- no era posible desarrollar un proyecto que pudiera dar cabida a la construcción del edificio sin destruir los vestigios arqueológicos tal y como sucede en Europa?(31)

Así se cierra una página más de la historia de Tlatelolco y de su arqueología a lo largo de la cual el paso indolente de la modernidad dejó profundas heridas y quizá también borre el rostro que nos heredaron los mexicas.

Toda la información contenida en este apartado está basada en la publicación de Salvador Guilliem Arroyo "Ofrendas a Ehécatl-Quetzalcóatl en México-Tlatelolco" (México, INAH, Colección Científica, Núm. 400, 1999)

25) Lorenzo Coronado, oficios del 21 y 30 de noviembre de 1965 dirigidos al doctor Eusebio Dávalos del INAH, México, INAH, Archivo de la Dirección de Estudios Académicos, 1965.

26) Lorenzo Coronado, oficio del 8 de octubre de 1968 dirigido al jefe de personal del INAH, México, INAH, Archivo de la Dirección de Estudios Académicos, 1968.

27) Lorenzo Coronado, oficio del 14 de julio de 1972, México, INAH, Archivo de la Dirección de Estudios Académicos.

28) Eneida Baños Ramos, Referencias de entierros en TIatelolco, México, INAH, Subdirección de Salvamento Arqueológico, 1988.

29) Matos Moctezuma, Eduardo, Programa de trabajo en Tlatelolco. (Extensión del Proyecto Templo Mayor), INAH, México, 1987.

30) Roberto García Moll et al., "Los tlatelolcas prehispánicos: origen y cultura", en Homenaje a Román Piña Chán, Roberto García Moll y Ángel García Cook (coords.), México, INAH (Científica, 187), 1989.

31) Luis Carrasco, “Recuento de un patrimonio en extinción. Urge un museo de sitio en Tlatelolco”, México, El Día, 2 de abril de 993, pp. 1 y 19.

 

 

 

 

 

 

 

 

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