La calle prehispánica mencionada corresponde al segmento Poniente del patio Norte del recinto, donde actualmente se ubica un templo redondo y un altar miniatura, quedando al Norte las estructuras de escalinatas, alfardas y dados que conforman el límite del recinto ceremonial, en tanto que para el Sur aparece un muro que desplanta de una sobreposición de piso y quizá corresponde al último momento del Gran Basamento. La plaza referida es parte del mismo patio Norte en su mitad Oriente. En los nichos que presentan los remates de las alfardas del Templo Calendárico, González Rul localizó una de las "placas de barro cocido con decoración policroma", que las decoraban.

 

Tras la destitución de Francisco González Rul se presentó como responsable del proyecto a Alberto Ruz Lhuillier, quien no ahondó en las exploraciones, sino que se dedicó a delimitar la zona arqueológica y a consolidar los edificios que hasta el momento se habían localizado. Ruz realizó muy poca reconstrucción de los monumentos y, en los casos que así lo requerían para una mejor armonía visual, utilizó testigos sutilmente diferenciables, independientemente del rejoneado necesario. También se presentaron a colaborar en la obra los arqueólogos Jorge Angulo y Víctor Segovia, correspondiendo al primero el estudio de los restos óseos de un caballo, localizados sobre un templo redondo.(20)

Al inicio de 1965 se nombró jefe de los trabajos de rescate arqueológico a Eduardo Contreras Sánchez, quien fue asistido directamente por su hijo Eduardo Contreras González, responsable de la fotografía de los descubrimientos arqueológicos, además de contar en un principio con la invaluable ayuda de Jorge Angulo, Víctor Segovia y Otto Shondube.

Después se contó con la presencia de un equipo de estudiantes de la carrera de arqueología, como Alberto González Pinto, Arturo N., Rafael Abascal, Roberto Zárate y Jesús Mora, entre otros. Este grupo exploró la mayor parte del patio Sur con excepción del Templo Calendárico, el Palacio, el altar “V" y los tres pequeños altares al norte del Templo de Ehécatl; en esta zona la concentración de entierros fue tal que no les permitió realizar su labor prontamente, como lo deseaban los arquitectos responsables de la obra.

Los miembros de este proyecto trabajaron –a decir de Eduardo Contreras González(21) más de mil 50 entierros en toda esa franja, delimitando sus relaciones contextuales para individualizar cada entierro u ofrenda. Antes de realizar el levantamiento físico hacían el registro tridimensional en fichas especializadas, con tomas fotográficas y partiendo de una cota "O".

Al inicio de sus trabajos, Eduardo Contreras Sánchez reportó al entonces subjefe de Monumentos Prehispánicos, Ponciano Salazar, la existencia de más de dos toneladas de materiales arqueológicos en las instalaciones del exconvento,(22) procedentes de las exploraciones anteriores.

Eduardo Contreras dividió el patio sur en dos grandes sectores, a los que llamó "Zona de ofrendas A” y "Zona de ofrendas B”, quedando la primera en la mitad Oriente del patio, y la segunda ocupó la mitad Poniente hasta llegar al Templo de Ehécatl-Quetzalcóatl. La enorme acumulación de entierros y ofrendas obligó a los arqueólogos a trabajar lentamente.

 

En el mes de abril de 1966, desde la zona arqueológica de Tlatelolco se envía una gran cantidad de materiales arqueológicos procedentes de las exploraciones en proceso, al Museo Nacional de Antropología, para ser presentados en una exposición,(23) en la que sobresalen piezas muy significativas como tres figurillas de Xipe Tótec, figurillas femeninas policromas, copas pulqueras, cajetes, ollas, vasijas, flautas, un ehecacózcatl, figuras de obsidiana, huesos humanos esgrafiados, un cráneo de tzompantli realizado en obsidiana, llegando a un total de 54 objetos.

En el mes de octubre de 1966, Eduardo Contreras envió un informe a Eusebio Dávalos, en donde expone que exploró y restauró gran parte de las estructuras y que sólo faltaba trabajar el edificio circular ubicado en la esquina Suroeste. Tlatelolco fue generoso en ofrendas y entierros perfectamente registrados en su contexto. La matriz de enterramiento permitió la conservación de materiales perecederos que sin duda pudieron aportar una gran cantidad de información; sin embargo, esta etapa de trabajos fue muy pobre en publicaciones.

En 1993, Jorge Angulo publicó un artículo donde detalló los pormenores de sus trabajos en 1966, y donde describió el panorama general del contexto en exploración, que era el patio Sur del Recinto Sagrado de Tlatelolco. El hacinamiento de entierros y ofrendas fue de una gran magnitud entre los 2 y 2.50 m de profundidad, considerando que su orden de depósito quizá se llevó a cabo contemporáneamente. Además, menciona cómo algunos montículos permanecían semicubiertos por tierra de "uno de los pisos más bajos", que debía ser removida para que sobresalieran las estructuras arquitectónicas de la etapa anterior.

Las ofrendas y entierros fueron explorados frente al templo circular de la esquina Suroeste. Angulo destaca que se encontraban al nivel del piso de las estructuras "semienterradas", así como la manera en que taparon las ofrendas y los entierros aun cuando no explica las causas de tan drástica decisión.

En 1987, al inicio de los trabajos de exploración del arqueólogo Salvador Guilliem Arroyo, se localizaron los restos no sólo de papel estaño, sino también restos de óxido de láminas que fueron utilizadas para cubrir los conjuntos, al igual que restos de láminas de cartón y otros materiales. Destaca la cantidad y calidad de los objetos arqueológicos reportados por Jorge Angulo y el énfasis que hace en aquellos de carácter perecedero.

Las relaciones contextuales de los entierros con ofrenda o sin ella son de suma importancia para la cronología de la ciudad prehispánica de Tlatelolco. Ubicarlos estratigráficamente en clara correspondencia con las etapas sobrepuestas del Templo Mayor, puede ayudar a esclarecer la secuencia temporal de su Recinto Ceremonial.

Volviendo a 1966, Jorge Angulo publicó un trabajo titulado Un Tlamanalli encontrado en Tlatelolco, en donde hace un depurado análisis del contenido de una ofrenda, que había sido localizada tiempo atrás por Víctor Segovia en el patio Sur y que habían levantado en un solo bloque, dada la premura de obras de drenaje en la zona. Angulo estudió cada parte de la ofrenda llegando a una conclusión muy acertada; desgraciadamente no hace referencia de su ubicación exacta dentro del recinto.(24)

También en 1966, Eduardo Noguera publicó La historia de las exploraciones en Tlatelolco, en donde describe los trabajos del ingeniero Roberto J. Weitlaner en Tlatelolco y su enorme colección arqueológica. En este trabajo Noguera asevera que los trabajos de Weitlaner son la primera exploración arqueológica hecha en Tlatelolco.

Toda la información contenida en este apartado está basada en la publicación de Salvador Guilliem Arroyo "Ofrendas a Ehécatl-Quetzalcóatl en México-Tlatelolco" (México, INAH, Colección Científica, Núm. 400, 1999)

20) Quizá sea el altar circular localizado al oriente de la zona arqueológica, sitio llamado "Zona Chica", mismo que se comenzó a liberar a mediados de 1964.

21) Eduardo Contreras Jr., comunicación personal, 1991.

22) Eduardo Contreras, oficio del 20 de enero de 1965, México, INAH, Archivo de la Dirección de Estudios Académicos.

23) Eduardo Contreras, Lista del material arqueológico procedente de Tlatelolco, que será facilitado al Museo Nacional de Antropología en calidad de préstamo, para su exhibición en la sala de exposiciones temporales, oficio del INAH del 28 de abril de 1966, en que se anexa la relación de las piezas enviadas al Museo Nacional de Antropología y que fueran recibidas por el arqueólogo Manuel Oropeza, México, INAH, Archivo de la Dirección de Estudios Académicos. 

24) Jorge Angulo Villaseñor, Un Tlamanalli encontrado en Tlatelolco, publicación núm. 18, México, INAH, Departamento de Prehistoria, 1966. 

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