La arqueología de Tlatelolco

El tiempo no se detuvo, Tenochtitlan y Tlatelolco quedaron inmersas en la capital de la Nueva España, cuyo desarrollo urbano partió de la antigua traza y aprovechó las enormes plataformas mexicas para cimentar la nueva ciudad, sus calzadas, sus acequias y su gente. En su crecimiento siempre se continuaba borrando todo recuerdo del esplendor perdido; había que quitarles el rostro que Huitzilopochtli le había otorgado a los mexicas.

La historia de los hallazgos arqueológicos en la antigua Ciudad de México-Tlatelolco bien se puede remontar al momento mismo de la destrucción de sus templos y palacios, ya que el conquistador, ávido de riquezas, destruía cualquier estructura que pudiese albergar algún tesoro.

En Tlatelolco el saqueo y la destrucción se iniciaron desde el momento en que cae en manos de los conquistadores, el 13 de agosto de 1521. Del botín, el oro y las joyas preciosas correspondieron a los españoles, y sus aliados indígenas se quedaron con los chalchihuites y las plumas finas. La riqueza depositada por diversas generaciones en las etapas constructivas del recinto ceremonial fue muy grande y financió, incluso, la edificación del nuevo señorío de indígenas, forma en que se organizó Santiago Tlatelolco para los albores de la colonia europea. En cada nueva edificación se buscaban incansablemente en el subsuelo los tesoros antiguos.

Pablo Martínez del Río publicó en 1946 en el número VIII de Tlatelolco a través de los tiempos, una nota en la que describe el deseo de los europeos por tener alguna riqueza del "Nuevo Mundo": La primera época de falsificaciones de antigüedades mexicanas data de finales del siglo XVI, en que los primeros españoles que vinieron a México remitían a España ejemplares de los jarros y figuras de barro usadas por los indianos, pero era tanto el furor en Europa que obligaron a los indios alfareros del barrio de Tlaltelulco a que fabricasen ollas rodeadas de dioses, con su cuello provisto de tantos pitos como notas tiene la escala cromática, jarros, esculturas, culebras enroscadas, flautas ya con la forma de un clarinete europeo, ya con la forma de lagartos y otros monstruos. Esta industria duró en Tlaltelulco hasta el año de 1860 en que comenzó a desaparecer aquella parcialidad india y a transformarse en un barrio de México habitado por mestizos y europeos.(1)

A pesar del interés de algunos hombres invadidos por el espíritu de la ilustración, poco se llegó a conocer de la recuperación del pasado mesoamericano o al menos de piezas antiguas.

En 1790 resurge públicamente el rostro mexica, pues es cuando se encuentran casualmente la Coatlicue que fue enterrada en los patios del antiguo edificio de Santo Domingo y la Piedra del Sol que permaneció en la base del campanario Oeste de la Catedral Metropolitana casualmente estas esculturas.

A continuación México vivió las guerras de Independencia para lograr su liberación del mundo europeo. En 1811 el convento de Santiago Tlatelolco fue utilizado por primera vez como prisión militar.

En La deformación craneana entre los tlatelolcas, trabajo de Eusebio Dávalos Hurtado, publicado por primera vez en la serie de Tlatelolco a través de los tiempos, vol. III y primera tesis profesional de la Escuela Nacional de Antropología, se tienen datos acerca de las excavaciones en Tlatelolco anteriores a 1839, las cuales fueron difundidas por S. Morton en Filadelfia, en un texto de nombre Crania Americana.

En 1861, la iglesia y el convento de Santiago Tlatelolco fueron cerrados al culto(2) al aplicarse las Leyes de Reforma y, un año más tarde se realizó una serie de excavaciones en Tlatelolco, de donde se obtuvo un conjunto de antigüedades que por desgracia no fueron descritas.

Algunas de las tantas exploraciones realizadas en Tlatelolco, se realizaron con la finalidad de enviar a Madrid, España, la muestra del Centenario de la Independencia de México, a instancia de Porfirio Díaz. En 1900 se llevó a cabo una serie de excavaciones para la construcción de un drenaje que corría desde la antigua calle de Santa Anita, dentro de los linderos del barrio de Santiago Tlatelolco, hasta el canal de La Viga. Cruzaba hacia el Sur por las calles de Brasil, doblando hacia el Oriente por la calle de Las Escalerillas, donde Leopoldo Batres y su hijo Salvador trabajaran en busca del Templo Mayor de Tenochtitlan, dejando una memoria escrita de sus trabajos.

En la "Nota Preliminar" al número 1 de Tlatelolco a través de los tiempos de 1944, Pablo Martínez del Río menciona datos de excavaciones realizadas en Tlatelolco, sin que se haya registrado la fecha de las mismas: En los últimos años no parecen haberse hechos más excavaciones que unas horadaciones practicadas, sin duda, en busca de supuestos tesoros escondidos cerca del altar mayor de la iglesia, hoy convertida en bodega y en lamentable estado de abandono. Lo único que se encontró fueron abundantes restos humanos; quizá también se hayan extraído del suelo un fragmento de disco para juego de pelota y un gran vaso ritual de piedra que también se conserva dentro de la misma iglesia y que, a juzgar por el glifo del Tepozteco que ostenta, parece haberse empleado, en opinión del señor Barlow, como receptáculo para pulque.(3)

Toda la información contenida en este apartado está basada en la publicación de Salvador Guilliem Arroyo "Ofrendas a Ehécatl-Quetzalcóatl en México-Tlatelolco" (México, INAH, Colección Científica, Núm. 400, 1999)

1) Leopoldo Batres, Antigüedades mejicanas falsificadas: falsificación y falsificadores, cita tomada de Martínez del Río, en op. cit., vol. VIII, pp.6-7.

2) Martínez el Río, op. cit., vol. VIII, p. 6

3) Martínez el Río, en op. cit., vol. I, pp. 8-9 

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